lunes, 22 de agosto de 2011

Los recursos dormidos y los fósiles en el mercadillo

Hay otras a la vista. La silueta fantasmal de la «casona», por ejemplo, vigila Arnao y el Cantábrico desde lo alto del promontorio que separa el caserío disperso del pueblo de la zona de la playa y el barrio de la mina. El palacete neorrenacentista de 1880, antigua residencia de la familia Sitges, la del director de la Real Compañía, es, después del pozo, el segundo yacimiento que aquí se observa con ilusión cuando se otea el futuro. Su estructura deteriorada, dos cuerpos conectados por un corredor volado, es un ejemplo de hasta dónde puede llegar la potencialidad turística que de momento sólo se intuye en la localidad castrillonense. El inmueble de la casona es desde hace ya casi diez años propiedad de la familia Loya, que además de dar de comer en el Real Balneario de Salinas atisbó un recorrido turístico en la instalación de un restaurante para bodas y banquetes mirando al Cantábrico desde aquí, utilizando el aval de su cocina con Premio Nacional de Gastronomía y estrella Michelin. Ellos lo vieron primero. La casona de Arnao es suya incluso desde antes de que estuviera en proyecto la rehabilitación y reapertura de la mina submarina castrillonense, pero el propósito de hacerlo restaurante y en su caso hotel ha llegado hasta hoy «estabilizado».

Han pasado nueve años desde que se resolvió el trámite espinoso de la autorización de Costas, afirma Miguel Loya, y alguno menos desde que el proyecto recibió el visto bueno de la Consejería de Cultura del Principado, pero quedan otros trámites urbanísticos sin resolver, enlaza el empresario, vinculados con la inclusión de la finca en el entorno de la mina y unidos a los efectos de la crisis económica, que han enfriado la financiación de un proyecto costoso. Los planes, no obstante, siguen en pie, persuadidos como están sus promotores de que «el sitio es maravilloso, no hay otro igual en Asturias». Loya trabajó en esta casa sirviendo comidas «de niño», cuando el inmueble era todavía de la Real Compañía, y ahora lamenta las trabas, pero no admite dudas sobre el recorrido de esta zona, «que veo muy fácil de rehabilitar, que prácticamente nadie conoce», «es muy bonita y está casi muerta». Arnao es este sitio que apenas ha conocido más que un chigre desde que sus habitantes tienen memoria, este pueblo que se recuerda servido además por un estanco, un chiringuito en la playa y en su día el casino y el economato, y que debe recibir, a juicio de Loya, un impulso evidente cuando al fin la vieja mina marinera empiece a dejar pasar a turistas.

Aquí, eso sí, ya presumen de cierto hábito en la recepción de visitantes ilustres. No recuerdan a Isabel II bajando al pozo en 1858 ni a Alfonso XII imitándola en 1877, pero sí las visitas más recientes e informales de Juan Carlos I, que se hospedaba en Arnao cuando en los primeros ochenta su yate se reparaba en San Juan de Nieva. Ahora, no obstante, se avecina una etapa diferente, el cambio de sentido de lo que siempre fue una población industrial en dirección a otra fuente de riqueza distinta. «Va a chocar un poco», admite Omar Suárez, que, sin embargo, adelanta que lo más probable es que «Arnao siga siendo lo que es». La geografía determina, dice, que no haya espacio para transformar en pequeña villa residencial este pueblo prácticamente unido a la urbanidad poderosa de Salinas, por un lado, y Piedras Blancas, por el otro, de este espacio diferente de casas bajas cuya fisonomía permanece casi inmutable desde la Guerra Civil. El atractivo, eso sí, «lo tiene entero», y el impulso de la mina, confían aquí, promete al menos descubrírselo al resto del mundo. Pero no son sólo de carbón las piedras que prometen hacer visible Arnao. Además de éstas y las de la casona, hay otras esparcidas por el acantilado que pasarían desapercibidas si no se explicara su origen e importancia en unos paneles al borde de la playa. Son «calizas», dice aquí, y «pizarras grises y margas rojas y verdes», fósiles datados en el Devónico Inferior, con una antigüedad en torno a los cuatrocientos millones de años, que enseñan historia a los geólogos. A ellos ahora y a todo el mundo dentro de un tiempo esperan aquí, porque está en proyecto un itinerario para enseñar a conocer y a valorar mejor la «plataforma de Arnao», otra forma de despertar recursos dormidos necesaria a los ojos de quienes llegaron a ver estas rocas a la venta en mercadillos de Cataluña y expuestas en Oviedo, en el Fontán.

Es una tarde nublada y calurosa de agosto y la pleamar casi ha borrado la arena en la pequeña playa de Arnao. Las olas llegan al pedrero, pero no han disuadido a un grupo relativamente numeroso de bañistas y paseantes. Aquí ha pasado el tiempo en el que «no venía casi nadie» a la playa «proletaria», donde la costumbre decía que «venían a ponerse morenos antes de ir a Salinas», apunta José Muñiz, vecino del pueblo. Hoy, el arenal de Arnao tiene recién acicalado su entorno, que es el de la mina, y vuelve a ser un activo para este pueblo que ha tomado el topónimo de una derivación de «harenatus»: «Lleno de arena». El bar de la playa tiene las sillas de la terraza vacías y la puerta cerrada en pleno verano, por eso hay que mirar al mar para sacar partido a la que es, sostienen aquí, «la mejor playa del Cantábrico». O la más segura, cuando habla José Manuel González, «Pepe Imera», aportando pruebas con la significativa fecha exacta del «último ahogado por accidente» en la mar de Arnao: «El 18 de julio de 1936».
el castillete en la playa. Arriba, Ana Gil y Rosita López, sentadas en las piedras de La Cantera, con el castillete de la mina detrás y, a la derecha, pegado a él, el edificio que fue sala de máquinas y casino, futuro museo. Abajo, Fernando Fernández observa el mecanismo de las jaulas que bajan por la caña del pozo, bajo el castillete. / mara villamuza 
el castillete en la playa. Arriba, Ana Gil y Rosita López, sentadas en las piedras de La Cantera, con el castillete de la mina detrás y, a la derecha, pegado a él, el edificio que fue sala de máquinas y casino, futuro museo. Abajo, Fernando Fernández observa el mecanismo de las jaulas que bajan por la caña del pozo, bajo el castillete. / mara villamuza 

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