sábado, 21 de diciembre de 2013

Aviles en un derrotero de 1860

La voz derrotero (de derrota, camino, rumbo) tiene, según el Diccionario de la Real Academia Española, seis acepciones. Referidas a la marina, la tercera de ellas significa «dirección que se da por escrito para un viaje de mar» y la cuarta «libro que contiene estos caminos o derrotas». Para este artículo me quedo con la última definición, ya que les voy a hablar de los derroteros oficiales editados por la Armada Española, sección Instituto Hidrográfico de la Marina, que son libros, obligatorios a bordo, que contienen todo tipo de datos necesarios e interesantes para el reconocimiento de las costas y sus inmediaciones, tales como ensenadas, bahías, rías, fondeaderos, puertos, faros, corrientes, calados, peligros, así como mareas, vientos y otros elementos climatológicos.
Deseando la Dirección de Hidrografía del Ministerio de Marina mejorar los derroteros de las costas españolas, encargó al entonces teniente de navío Pedro Riudavets, acompañado de un delineante, recorrer el litoral septentrional de la Península para ampliar el conocimiento del litoral cantábrico. Auxiliado por buques guardacostas, salió de La Coruña el 1 de mayo de 1859 y arribó a Gijón el 30 de septiembre, donde suspendió sus trabajos a causa de la entrada del invierno. Con el material obtenido, y teniendo a la vista el antiguo derrotero de Vicente Tofiño de San Miguel (1788) y otras noticias suministradas por los capitanes de puertos, Riudavets redactó el nuevo derrotero, acompañado de 38 vistas y 5 planos, que constituye la primera parte de las dos en que está dividida la obra y que se publicó en Madrid en 1860. Al año siguiente salió la segunda parte, que comprende el litoral de Gijón a Fuenterrabía.
Pedro Riudavets y Tudury nació en Mahón (Menorca) en 1804 y falleció en esa misma ciudad en 1891. Oficial de la Armada, llegó a ser capitán de fragata, oficial de Detall de la Dirección de Hidrografía del Ministerio de Marina y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia. También fue cronista de Menorca y, a su muerte, el Ayuntamiento de Mahón lo distinguió con el título de menorquín ilustre. Es autor de las siguientes obras: 'Derrotero general del Mediterráneo', 3 tomos (Madrid, 1858-1860); 'Derrotero de la costa septentrional de España' (dos partes, Madrid, 1860-1861); 'Derrotero de las costas de España y de Portugal desde el cabo Trafalgar hasta el puerto de La Coruña' (Madrid, 1867); 'Manual de la navegación del Río de la Plata y de sus principales afluentes, con instrucciones para la recalada y derrotas de ida y vuelta a Europa', en colaboración con Miguel Lobo (Madrid, 1868); 'Historia de la isla de Menorca', 3 tomos (Mahón, 1885); y 'Lo que va de ayer a hoy. Estudio sobre la importancia que alcanzó la Marina mercante de Mahón al principio del presente siglo y causas de su decadencia' (Mahón 1889).
Ría de Avilés
Así describe Riudavets el acceso a Avilés en su obra: «Al terminar el arenal de El Espartal se encuentra la boca y barra de la ría de Avilés. Esta extensa ría profundiza de 4 a 5 millas en dirección al Sur próximamente. Su barra y entrada están Este-Oeste. Y tiene la ventaja de poderse tomar con los vientos del 4º cuadrante, que son travesía en la costa; pero cuando son fuertes y levantan mucha mar cierran la barra, y la existencia del buque que se ha acercado a tomarla queda comprometida, por cuanto una vez ensenado en el saco que forma la costa, es muy difícil y tal vez imposible salir de él.
«La ría está de tal modo obstruida de bancos de arena movibles, que es sumamente dificultoso el llegar al pueblo de Avilés con buques de mediano porte, sin la asistencia de un buen práctico y que previamente tenga valizada la mejor canal. Ésta es variable, y son muchos los canalizos que los bancos forman entre sí, en términos de perderse por ellos en su salida la masa de aguas que entra por la barra, faltando fuerza de corriente que mantenga abierto uno sólo. En bajamar quedan los bancos en seco y muy poca agua en los canalizos, por manera que en las inmediaciones de la población se pasa a pie seco de una a otra costa».
«La mayor agua está en las inmediaciones de San Juan, conjunto de almacenes que se verán en la costa oriental de la ría, no lejos de la barra. En dicho sitio hay una poza con 12 pies de agua en bajamar, en la que puede estar a flote un buque grande; pero en todo el resto de la ría se está en seco en bajamar. En Avilés, que dista 3 millas de la barra, se está igualmente en seco arrimado a los muelles, sitio en que predomina el fango, motivo porque los buques no padecen al bajar la marea. En el resto de la ría y al encallar sobre algún banco, se debe tener sumo cuidado en quedar aproado a la corriente, porque de quedar atravesado, podrá ocurrir lo que ha sucedido varias veces de socavar las aguas la arena de debajo el pantoque, y dejar el buque apoyado sobre sus extremidades con riesgo de quebrantarse. Se proyecta la canalización de la ría para facilitar el acceso a la villa».
Así estaban las cosas de difíciles para la navegación en la ría de Avilés por entonces. Y continúa el relato de Riudavets: «No hay prácticos de dotación en el país, ni puede contarse con auxilio, pues sólo hay en Avilés 2 ó 3 lanchas capaces de prestarlo; pero no faltan patrones antiguos y de suficiente práctica, que salen cuando se presentan buques a la barra. El practicage para buques de 50 a 150 toneladas es de 40 reales en verano y 50 en invierno, y para más de 150 toneladas, 50 y 60. Las lanchas ganan 60 y 70 reales en verano y 70 y 80 en invierno». El autor afirma que para el navegante el reconocimiento de la ría de Avilés es fácil, ya que «la torre circular, llamada el Castillo, se avista de lejos y no hay objeto alguno con que poder confundirla. Actualmente se trabaja en levantar junto a ella el faro que debe valizar de noche la boca de la ría».
Riudavets finaliza con esta descripción: «La villa de Avilés está ría adentro y en la orilla occidental. En toda la ría no hay población alguna, si se exceptúa el pequeño barrio de San Juan, que está en la orilla opuesta, y los almacenes de la compañía explotadora de las minas de Arnao, que se ven casi enfrente. Así es que los buques anclados en San Juan y muelle de las minas, tienen que acudir a la villa para comestibles, en la que se encuentran en abundancia, así como aguada. También hay maestranza para toda clase de reparaciones. La villa cuenta 3.279 almas y bastantes buques de cabotaje con algunos de travesía», concluye.

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